Vi , como si lo viera en cámara lenta, el pétalo de la rosa caer a lo que para él era un vacío. Me pregunté qué sería una rosa sin sus pétalos y en ese momento me sentí infinitamente vacía como creí que estaría la flor.
Acaricié con el dedo índice el pétalo que tan frágil y natural me parecía. Sentía que en cualquier momento se rompería y dejaría de ser un pétalo. Pero... ¿de qué servía si no estaba unido a su flor o si no formaba una nueva flor?
Apoyé ambas manos sobre la tierra húmeda y sentí el frío atravesar mi piel junto con el dolor. Los recuerdos, la impotencia. Ese sentimiento con sabor amargo que te cierra la garganta como si fuese un gran nudo, se apoderó de mí. Atrapé la tierra entre mis dedos en un intento de hacerle daño al suelo y mordí mi labio inferior.
"No debo llorar. No debo". Me repetí una y otra vez. Sin embargo, mi interior me traicionó y de mis ojos comenzaron a emanar crueles lágrimas. De mi boca surgió un leve gemido de desesperación. Solo quería gritar y llorar, pero también quería levantarme, con la cabeza en alto, y seguir caminando. Como si nada pasara.
Las piedras que interrumpen el camino, cada vez más grandes, me impedían pasar así que solo me dejé caer, llorar y lamentar.
Abrí los ojos y me miré al espejo. Miré mi rostro libre de lágrimas. Mi semblante serio, mis ojos vacíos me devolvieron la mirada y finalmente me encaminé hacia la salida de mi casa. Lo que en mi interior pasaba, yo no lo iba a dejar salir a la luz.
