Me busco en el reflejo del espejo. Me miro cada parte del rostro y suspiro.
Me busco en el fondo de mis ojos, pero no me encuentro.
Miro mis durezas, mis imperfecciones. Trato de sacarlas, de eliminarlas para que alguien me vea... Solo me lastimo arrancando pedazos de piel, dejando en ella marcas imborrables.
Las lágrimas son escasas, ya no tengo más para llorar. Ya no tengo por qué llorar. Ya no quiero llorar.
Quiero romper mi reflejo, quiero romper mi figura, mi cuerpo, mi ser entero.
Me vuelvo a buscar en la profundidad de mis ojos. La puerta se cierra por el viento que se empeña en no dejar pasar a nadie. Me pregunto qué hay detrás. Yo lo sé. Yo lo veo aunque odie a mi doble negro. Ahí está, y no sé si alguien más lo ve. Quiero que alguien lo vea, pero se esconde como una muñeca rusa, una matrioska, y me preguntó cuál es el miedo que le impide salir.
Se me acabó la soledad. Se terminó el momento de mirarme y vuelve la rutina. Otra vez sentarme a pensar en todo lo que debería hacer. Otra vez a olvidar mi reflejo y trabajar para que después, en otro momento en que pueda pararme frente al espejo, me haga la misma pregunta:¿Dónde está? ¿qué está mal? ¿por qué no dejo de sentirme como una hormiga invisible en éste mundo?
Finalmente, cuando miro al cielo... sé que sigue el tiempo de vivir, de no mirar más el espejo ni lo que creo que debería ser. Solo vivir.