lunes, 1 de julio de 2013
Pensando en la muerte
“Tantas veces me pregunté qué sentiría ante la inevitable muerte de un ser querido. Hoy me sigo preguntando lo mismo. Sí, no puedo decir que a lo largo de mis pocos años de vida no se me haya muerto un abuelo o una abuela. La realidad es que cuando murieron mis parientes yo era muy chica, podría decir que era un bebe, por lo que no tengo recuerdo de ellos y no sé lo que es sufrir la muerte de un ser querido. Tengo mucha suerte.
Soy consciente de que por más que te esfuerces mentalmente para afrontar el próximo fallecimiento, en realidad nunca vas a estar preparado.
Es algo a lo que le tengo un poco de miedo, porque siento a la muerte demasiado cerca. Tengo varias posibilidades de reacción. Puedo llorar silenciosamente o abiertamente, o puedo, como suelo acostumbrar, a quedarme callada y solo mirar mientras las lágrimas me recorren por dentro abrazando y enfriando mi corazón de hielo.
Eh llegado a considerar que cuando una desgracia empieza es difícil que termine. Siempre, de algún modo u otro, vuelve para recordarme que no todo es color de rosa, para recordarme que el sufrimiento es algo que acompaña a la vida.
¿Cuántas cosas malas se pueden sufrir? Y lo más importante, ¿cuánto puede aguantar una persona? La respuesta es relativa e infinita, lo sé.
Cuando pienso en la muerte siento mis manos temblar, recordándome que estoy viva, pero que nunca sé por cuánto tiempo. Y, creo, que es lógico temerle a la muerte, ¿verdad? Quiero decir… que a pesar del inevitable sufrimiento o la inevitable tristeza, la vida es tan bella y sorprendente en todos sus aspectos que siento que no me dan los ojos y el tiempo para verlo y vivirlo todo”.
Dejo caer mi lápiz sobre los textos de la universidad que esperan a que termine de leerlos, pero, yo me siento con ganas de otra cosa. A veces siento que la vida es tan corta como para andar estudiando siempre, pero la verdad es que es algo tan necesario y a la vez enriquecedor que, considero, no se valorar la posibilidad que tengo de estudiar, de leer, incluso de ver y sentir…
Es de noche y mis familiares duermen. Tomo mi celular, conecto los auriculares y pongo una carpeta de música que siempre logra tranquilizar a mi alterada alma.
Las tonadas dulces y limpias del piano, de temas de Yiruma, comienzan a llenar mis oídos.
En la penumbra de la noche, iluminada solo por una pequeña lámpara, me dedico a danzar y a moverme al compás del piano. De izquierda a derecha con un leve giro de por medio. Me siento liviana y ligera, como si supiera bailar.
Quiero disfrutar del pequeño momento de soledad en el que puedo hacer lo que quiero y sentirme original y fresca. Es un momento perfecto que es interrumpido para ser más perfecto.
En medio de mi baile, una brisa fresca me remueve el pelo y sé lo que viene a continuación. Es algo cotidiano.
Se para frente a mí y me saca los auriculares. Se los pone para ver qué escucho y esboza una sonrisa burlona.
— ¿Terminaste de hacer el ridículo? —pregunta en un susurro, reprimiendo su sonrisa.
— No— digo intentando sonar molesta, para luego sacarle la lengua a mi chico.
Él es mi vecino en el edificio. Vive debajo de mi departamento y su patio da a dos de las ventanas de mi casa. Una es la del comedor y la otra, la de mi habitación.
Desde que empezamos a salir a escondidas, él se escabulle de vez en cuando a mi casa. Coloca una escalera y simplemente se mete por la ventana que yo dejo abierta. No somos una pareja oficial propiamente dicha, pero así como estamos, nos entendemos y todo marcha bien.
Se ríe al verme sacar la lengua. A continuación coloca uno de los auriculares en mi oreja y me toma con su mano derecha por la cintura y con la otra toma mi mano derecha. Lo miro interrogante y él vuelve a sonreír de forma traviesa.
La música del piano sigue sonando y comienza a moverse y a obligarme a bailar junto a él. Me dejo llevar y nos movemos juntos con libertad, torpemente porque en realidad ninguno sabe bailar, pero perfectamente juntos.
Me apega a su cuerpo y acerca su boca a mi oreja libre.
— Me gusta que hayas encontrado algo que borre la tormenta de tu cabeza.
¿Tormenta? ¿Qué tormenta? Bueno, quizás soy un poco… caótica con mis pensamientos y mi humor, pero no me creo tormentosa.
Meneo la cabeza y evito contestar, de todas formas, no va a servir de mucho. Él me conoce.
Seguimos danzando en silencio con la música acompañando nuestros propios pensamientos. Yo sé que me está dando mi tiempo de silencio.
— ¿En qué estabas pensando? —pregunta finalmente.
Medito un segundo y luego suspiro largamente. Él, sin soltarme, se encamina a una silla y me hace sentar en su regazo, y sin embargo, no quita la música.
Apoyo mi mentón en su hombro de la oreja libre y le rodeo el cuerpo con mis brazos.
— Epa, tiene que ser algo muy profundo para que me abraces —bromea. Sé que bromea.
Comienzo a soltarlo y a mirarle con reproche a pesar de todo.
— No, no me sueltes —pide—, por favor.
Volvo a mi postura de antes.
— En la muerte —respondo por fin. Se mantiene en silencio y yo prosigo—. Este año por lo menos se avecinan dos muertes seguras. Y no sé cómo voy a reaccionar al respecto.
Siento su mano comenzar a recorrerme la espalda en suaves caricias.
— No es algo agradable, y duele. Pienses cuanto lo pienses, siempre duele. Solo que… al final, te acostumbras a vivir sin ellos. Te resignas a seguir con la vida.
Volvo a suspirar profundamente.
— Es algo tan relativo. Yo podría morir tranquilamente mañana y… ¿entonces, qué?
Siento como frunce el ceño y los labios. Aparto mi cabeza y lo miro extrañada.
— ¿Qué? —pregunto con desconcierto.
— Todavía no viví todo lo que quiero vivir junto a vos para que te vayas mañana —responde dejándome una vez más sin palabras—. Pero supongo que si uno vivió todo lo que quiso en algún momento se aburre de vivir, o sufre por vivir, que es peor. Entonces la muerte sería como una bendición, no lo sé.
Se encoge de hombros como si nada y yo sigo mirándolo, algo atontada por sus palabras dichas anteriormente. No es de expresarse tanto y cuando hace o dice algo profundo que devela sus sentimientos, me sorprende. Lo prefiero así.
Se inclina y besa la comisura de mis labios.
— Creo que es mejor que ya me vaya —dice a pesar de demostrar lo contrario con su cuerpo porque me aprieta más a él.
Frunzo los labios en señal de disgusto aunque nunca voy a admitir frente a él que no quiero que se marche.
Se ríe silenciosamente al verme.
— Sé, aunque no lo digas, que no querés que me vaya. Soy adorable —alardea.
— Eso te gustaría. Pero, no, no es así —bufo.
— Sí, claro.
Le saco la lengua y su sonrisa se amplía más. Es encantadora.
— Me voy a ir porque mañana trabajo, pero como te dije, todavía me falta mucho para vivir con vos y molestarte. El día que te dejes de sonrojar quizás te deje ir.
Osea, nunca, siempre me sonrojo.
— Tonto —murmuro.
Me guiña un ojo y besa lentamente mis labios.
— Seguí bailando que me gusta verte hacer el ridículo –me gasta
Lo golpeo suavemente en su brazo.
— Chau, chau, andate —Lo echo con fingida ofensa y mi ceño fruncido.
— Si te levantaras de encima de mí, quizás podría.
— Si me soltaras, seguro. Y de paso te saco a patadas.
Ríe entre dientes y me vuelve a besar.
— Hasta mañana —saludo cuando ya está bajando las escaleras.
— Me voy a asegurar de eso —declara.
Rodeo los ojos, sonrío y me vuelvo a sumir en mis textos de facultad.
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